En Paraguay, pensar la educación tecnológica ya no pasa solo por aprender a usar herramientas, sino por comprenderlas y construirlas. Ese es el eje del trabajo de Claudia Elizabeth García Jovellanos, ingeniera en Informática y ganadora del primer puesto en el área de Ingeniería y Tecnología, categoría Trayectoria, del Premio Mujeres Paraguayas en la Ciencia – Edición 2025.
Su línea de investigación se centra en un cambio profundo dentro del aula: pasar de formar usuarios de tecnología a formar creadores. “No alcanza con que un estudiante sepa usar una plataforma, lo que importa es que pueda entender para qué sirve, adaptarla a sus necesidades y eventualmente, crear con ella”, refiere.
“Mi trabajo se centra en la innovación educativa mediante el uso de tecnologías No-Code y su impacto en el desarrollo de competencias digitales en estudiantes de nivel secundario. En particular, analizo cómo estas herramientas permiten introducir de forma temprana conceptos propios de la ingeniería y el desarrollo de software, sin requerir conocimientos previos de programación tradicional”, explicó la docente e investigadora en tecnología educativa de la carrera de Ingeniería en Informática de la Universidad del Cono Sur de las Américas (UCSA).
Entre 2022 y 2025 desarrolló e implementó experiencias en aula, incluyendo el caso de la aplicación educativa MAGNETO y su posterior replicabilidad en distintos niveles. Estos procesos fueron analizados tomando como referencia el marco europeo de competencias digitales DigComp, evidenciando progresiones en autonomía tecnológica, pensamiento computacional y resolución de problemas a partir de un análisis comparativo del aprendizaje en diferentes contextos educativos.
En ese camino, el uso de herramientas No-Code se convierte en un puente clave. Este enfoque permite que estudiantes, incluso sin conocimientos previos de programación, desarrollen aplicaciones funcionales mediante plataformas visuales, priorizando la lógica, el diseño y la resolución de problemas por encima del código.
“El desarrollo “sin código” o “No-Code” permite que cualquier persona cree aplicaciones, independientemente de sus conocimientos técnicos”, señaló.
Más que una simplificación técnica, el No-Code representa una transformación pedagógica. Según explica, programar no es lo mismo que codificar: mientras la codificación implica escribir instrucciones en un lenguaje específico, programar consiste en pensar soluciones, estructurar procesos y tomar decisiones. Es justamente esa capacidad la que se busca desarrollar desde etapas tempranas. “Programar es crear una serie de pasos para llegar a un resultado”, dijo.
En el aula, este enfoque se traduce en experiencias de aprendizaje donde las y los estudiantes atraviesan todo el ciclo de desarrollo de software: desde la identificación de un problema real, el análisis de necesidades y el diseño de soluciones, hasta la implementación, prueba y mejora de un producto digital. La tecnología deja de ser una materia aislada para convertirse en una herramienta transversal que promueve pensamiento crítico, organización de datos y trabajo colaborativo.
Esta línea de trabajo no se centra únicamente en el uso de herramientas, sino en el desarrollo de una comprensión estructural de la tecnología, abordando cómo se organizan los datos, cómo funcionan los sistemas y cómo se diseñan soluciones digitales. Para ello, las tecnologías No-Code funcionan como un puente pedagógico que facilita el acceso a conceptos propios de la ingeniería informática, validando estos procesos a partir de evidencia obtenida en experiencias reales de aula.
Uno de los aportes más relevantes de este modelo es la incorporación de conceptos de ingeniería desde la educación secundaria. Para la docente investigadora, la ingeniería es, ante todo, una forma de pensar. Introducir esta lógica en edades tempranas permite que las y los estudiantes desarrollen habilidades transferibles a cualquier ámbito: analizar problemas, definir requisitos, anticipar escenarios y diseñar soluciones centradas en las personas. “No están simulando ser desarrolladores, están siéndolo”.
Este enfoque también cobra especial relevancia en el contexto actual, marcado por el avance acelerado de la inteligencia artificial. Comprender cómo funciona la tecnología desde sus bases se vuelve una competencia clave para evitar el uso pasivo y acrítico de estas herramientas. Un o una estudiante que entiende la lógica de los sistemas puede evaluar, cuestionar y utilizar la inteligencia artificial de manera consciente, en lugar de limitarse a consumir sus resultados.
“Asimismo, buscamos ampliar el acceso a la formación tecnológica, promoviendo que las y los estudiantes pasen de ser usuarios de tecnología a creadores de soluciones digitales, generando modelos pedagógicos replicables que contribuyan a reducir la brecha digital y a fortalecer la participación de jóvenes en áreas STEM. En el contexto actual de avance de la inteligencia artificial, este enfoque cobra aún mayor relevancia, ya que permite desarrollar una comprensión previa de la tecnología y favorece un uso más crítico y consciente de estas herramientas”, afirmó.
“Un estudiante que no comprende cómo funciona la tecnología por dentro no puede analizar ni cuestionar lo que recibe”.
En ese sentido, su trabajo también apunta a reducir la brecha digital en Paraguay, entendida no solo como acceso a dispositivos, sino como capacidad de comprensión y creación tecnológica. “La brecha digital no es solo quién tiene acceso, sino quién entiende la tecnología”, señala y, por ende, destaca que “la apropiación tecnológica no ocurre cuando alguien aprende a usar una herramienta, ocurre cuando entiende que la tecnología es algo que puede moldear, adaptar y crear”.
Las plataformas No-Code, al funcionar en la nube y requerir menor infraestructura, permiten ampliar oportunidades en contextos con recursos limitados. Sin embargo, el mayor impacto se da en el plano pedagógico: cuando una o un estudiante logra crear una solución propia, cambia su relación con la tecnología de forma definitiva. “El cambio más inmediato es en la autopercepción”, cuenta. “Ya no se ven como usuarios de lo que otros construyeron, sino como personas capaces de construir ellos mismos”, subrayó.
Tecnología con impacto real
Los resultados en el aula son concretos. Estudiantes que inicialmente se perciben como incapaces de desarrollar tecnología terminan diseñando aplicaciones con impacto real en su entorno. Proyectos como “MAGNETO”, una app educativa para aprender física, desarrollada por alumnos sin experiencia previa en programación, evidencian que la barrera no es técnica, sino de acceso y acompañamiento. “Dos estudiantes de nivel medio, sin conocimientos de programación, crearon un recurso educativo funcional para enseñar física”, destaca. Para ella, esto demuestra que “la barrera técnica deja de ser un obstáculo cuando hay una idea con propósito y acompañamiento pedagógico”.
Más allá de lo técnico, el cambio más profundo se da en la mentalidad. Las y los estudiantes dejan de preguntar por la nota y comienzan a preguntarse cómo hacer que otros usen lo que crearon. Ese desplazamiento, de la tarea al impacto, refleja una transformación en la forma de aprender y de entender el conocimiento.


En este contexto, el rol docente también se redefine. Ya no se trata de transmitir contenidos, sino de diseñar experiencias, guiar procesos y acompañar la creación. La tecnología, por sí sola, no transforma la educación; lo hace cuando está acompañada de metodologías como el Aprendizaje Basado en Proyectos y el Design Thinking, que sitúan a cada estudiante en el centro.
Mujer haciendo ciencia
Desde una perspectiva de género, su trayectoria también pone en evidencia la importancia de generar referentes femeninos en áreas STEM. Su experiencia en iniciativas como “Girls Code” le permitió observar de cerca cómo el acceso temprano y el acompañamiento pueden cambiar la percepción de niñas y mujeres jóvenes sobre su lugar en la tecnología. La representación no solo inspira, sino que habilita posibilidades concretas, reales y alcanzables.
“Las niñas y jóvenes mujeres necesitan referentes en estas áreas”. Y agrega: “Personas que les demuestren con su propia trayectoria que el mundo STEM también es para ellas”, asegura.
En Paraguay, donde persisten brechas en la participación de mujeres en ciencia y tecnología, visibilizar estos recorridos resulta clave para avanzar hacia una mayor equidad en la producción de conocimiento. Iniciativas como el “Premio Mujeres Paraguayas en la Ciencia” buscan, precisamente, reconocer ese aporte y fortalecer el rol de las investigadoras en el desarrollo del país.
En lo personal, la académica reconoce que su camino hacia la tecnología no fue inmediato. Proveniente de una formación humanista, también dudó de su lugar en este campo. Sin embargo, la experiencia le demostró que la tecnología no pertenece a un perfil único, sino que se nutre de la diversidad de miradas y experiencias. “Hay un lugar en este campo para perfiles muy diversos, y esa diversidad es precisamente lo que hace más rica y más humana a la tecnología”, sostiene.
Hoy, su trabajo se resume en una idea clara: la tecnología no debe ser solo consumida, sino comprendida y creada. Porque cuando las y los estudiantes se animan a construir, no solo desarrollan habilidades técnicas, sino que adquieren la capacidad de transformar su entorno.
“Se puede”, afirma. Y en esa convicción se sostiene una propuesta educativa que busca formar hacia el mundo digital. “Se puede crear tecnología sin haber nacido en un entorno tecnológico. Se puede aprender sin saber todo de antemano”, insiste. Para ella, el desafío no es solo formar profesionales, sino impulsar una nueva generación capaz de pensar, cuestionar y construir.
Por: Lic. Viviana Orrego (viorrego@rec.una.py)
Editado por: Lic. Juan Paciello (jpaciello@rec.una.py)
Fotografías: Gentileza
