A sus 27 años, la Ingeniera Agrónoma María Esther Riveros ya construye un camino sólido en la investigación científica en Paraguay. Recibió su título de profesional luego de cursar la carrera en la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Asunción (UNA). Es egresada con Mención de Honor y reconocida recientemente en el Premio Mujeres Paraguayas en la Ciencia 2025. Su historia rompe una idea todavía instalada: que la ciencia es un territorio exclusivo de trayectorias largas o de perfiles alejados de la juventud. En su caso, la vocación apareció temprano y hoy se traduce en resultados concretos.
“Sentí que este era mi lugar cuando comencé a involucrarme en trabajos de investigación y descubrí que podía generar soluciones reales”, afirma. “Participar en eventos científicos y ver el impacto de mis resultados me confirmó que la ciencia no es simplemente mi profesión, sino mi verdadera vocación”, agregó.
Curiosa y observadora
Lejos de surgir de manera repentina, ese interés se gestó desde la infancia: “Siempre fui muy observadora y curiosa por el entorno. Recuerdo que pasaba tiempo mirando las flores de mi madre, siguiendo el rastro de las hormigas o coleccionando piedras. En ese entonces eran juegos, pero hoy entiendo que esa curiosidad de niña ya era el inicio de mi camino en la investigación”, relata.
Su elección por la Ingeniería Agronómica respondió a esa inquietud inicial, pero también a un propósito claro: aportar al desarrollo del país. “Buscaba una profesión que me permitiera investigar y, al mismo tiempo, contribuir activamente al desarrollo agrícola de Paraguay”, explica.
Detrás de sus logros académicos —un promedio de 4,34 y la Mención de Honor— hay una historia de constancia, disciplina y red de apoyo. “Hubo una dedicación constante. Llegaba de clases y me dedicaba de inmediato al estudio. También fue clave el apoyo incondicional de mi madre, mi familia, mis compañeros y docentes”, recuerda. Hoy, muchos de esos docentes son sus colegas en el ámbito de la investigación.
Su formación también estuvo marcada por oportunidades como la beca de ITAIPU Binacional. “Marcó un antes y un después en mi vida. Me permitió enfocarme plenamente en mis estudios, aunque mantener el promedio exigido implicaba una presión constante. Esa exigencia forjó en mí disciplina y responsabilidad”, sostiene.
Como toda trayectoria, no estuvo exenta de dificultades. En su caso, “hubo momentos de gran cansancio, especialmente en épocas de exámenes o al inicio de mi tesis. Pero lo que me sostuvo fue mi vocación, el apoyo de mi familia y el compromiso de retribuir la oportunidad que recibí. Entendí que rendirse no era una opción cuando hay un propósito mayor”, enfatiza.
“El conocimiento no tiene edad”
En un ámbito que muchas veces se percibe como distante, Riveros representa una nueva generación de investigadoras. “Abrirse camino a los 27 años es un desafío, pero también una oportunidad enorme para introducir nuevos paradigmas. Con una base sólida y resultados concretos, el conocimiento no tiene edad”, afirma.
Para ella, la juventud no es una limitación, sino una ventaja. “Mi edad me da la energía para ser constante y seguir evolucionando. Haber participado en eventos científicos nacionales e internacionales es la prueba de que, con pasión y objetivos claros, los límites desaparecen”, sostiene.
Su trabajo se centra en áreas como biotecnología vegetal, cultivo in vitro y plantas medicinales, con un enfoque en la sostenibilidad y el aprovechamiento de los recursos naturales. “Es como multiplicar plantas en un ambiente controlado. Las hago crecer en frascos dentro del laboratorio con una alimentación especial, logrando que crezcan más rápido, sin enfermedades y con mejor calidad”, explica.
El impacto de sus investigaciones apunta directamente a la vida cotidiana. “Busco que las personas tengan acceso a productos naturales de mejor calidad y que el campo sea más productivo, mediante el desarrollo de protocolos y estudios de semillas”, señala. En ese campo, precisamente, encuentra su mayor motivación: “La semilla es el punto donde empieza todo. Si logramos que germine con éxito, podemos asegurar el futuro de un cultivo”.
Trabajar con recursos naturales implica, para ella, una responsabilidad. “Se trata de producir mejor, respetando lo que la tierra nos da. Mi meta es aportar un granito de arena para usar nuestros recursos de forma más consciente”, afirma.
Calidad internacional
Su participación en congresos internacionales, representando a la UNA, también marcó hitos en su carrera. “Es un orgullo inmenso llevar el nombre del país. En esos espacios no solo presento un trabajo técnico, sino el sacrificio de mi familia y el potencial de Paraguay en la ciencia”, destaca. Entre sus reconocimientos, uno de los más significativos fue el Premio Mujeres Paraguayas en la Ciencia 2025. “Fue el día más lindo de mi carrera. Sentí que todo el esfuerzo valía la pena”, recuerda.
Sobre el panorama científico nacional, su mirada es realista pero esperanzadora. “Paraguay está en crecimiento. Los recursos son limitados y muchos proyectos se hacen a pulmón, pero hay gente con muchísimo talento. El desafío es que ese talento reciba el apoyo necesario para convertir la investigación en un motor real de desarrollo”, advierte.

En un contexto donde la ciencia aún enfrenta estereotipos, su experiencia reafirma que no existe un único perfil para investigar. “No me enfoqué en romper estereotipos, sino en demostrar con resultados que la ciencia no tiene un perfil único. Las jóvenes también aportamos rigor y nuevas perspectivas”, subraya.
Además de su formación técnica, apuesta por la actualización constante, incluyendo herramientas como la inteligencia artificial. “Es una aliada estratégica que potencia nuestro trabajo. No reemplaza la investigación, la mejora”, asegura.
Para quienes sueñan con seguir ese camino, su mensaje es claro: “No es fácil, pero se camina paso a paso y acompañada. Si hay persistencia, responsabilidad y confianza, ya se tiene lo más importante para empezar”.
Porque, como demuestra su historia, la ciencia no empieza necesariamente en la experiencia acumulada de años, sino en la curiosidad que nace temprano y encuentra, con el tiempo, un propósito. María Esther Riveros es prueba de que la vocación científica no espera: se construye desde joven, se fortalece con oportunidades y se proyecta como una herramienta clave para el desarrollo del país.
Por: Lic. Viviana Orrego
Edición: Lic. Juan Paciello
Fotos: Lic. Sergio Ortega
